¿Qué nos mantiene unidos en un mundo en constante cambio? El orden natural de las cosas, el ritmo de las leyes de la naturaleza.
El organismo vivo de los bailarines del conjunto GN|MC (Guy Nader & Maria Campos) atrae al espectador a una ciclicidad infinita, en la que el motivo repetitivo se convierte en el ritmo palpitante de toda la obra.
El orden natural de las cosas utiliza el minimalismo del movimiento con una gradación hipnótica y culmina con una brillante pareja llena de saltos y levantamientos precisos. A continuación, la coreografía se calma y vuelve al motivo simple original, al igual que la vida, en la que, tras un período de caos, volvemos a encontrar la paz y la armonía.
La obra se caracteriza por la plasticidad del movimiento y el magistral trabajo con el espacio, que no pierde fuerza ni siquiera en los detalles más sutiles. Los cuerpos de los bailarines se sostienen y se entrelazan, llegando al límite de sus posibilidades físicas. Son como el flujo y reflujo, controlados por un ritmo común, un aliento común. A pesar de que nos sentimos arrastrados por la dinámica del grupo, cada uno de los bailarines nos cautiva con su inconfundible individualidad.
Los motivos minimalistas se superponen en una estructura compleja que se reorganiza constantemente ante nuestros ojos: fluye, se perturba a sí misma y vuelve a componerse en un flujo orgánico y continuo. Recuerda al sistema natural a nivel celular, la frágil simbiosis de la vida, en la que cada elemento reacciona al otro y, al mismo tiempo, influye en el conjunto.
La armonía y la estética se oponen aquí con delicadeza al caos: la belleza y la sinergia impiden la desintegración, al igual que la propia naturaleza.
El orden natural de las cosas nos recuerda que, sin perder nuestra singularidad, formamos parte de la naturaleza: somos partes frágiles y, sin embargo, resistentes de un todo mayor.