El viaje a ninguna parte
Historia de un grupo de hombres y mujeres, a los que podemos llamar «cómicos de la legua», aunque el término esté en desuso, cuyas peripecias, unas voces entroncadas con la picaresca, otras con el costumbrismo, otras con la literatura de imaginación, jocosas en unos momentos y en otros patéticas, tienen como telón de fondo la España de hace dos o tres décadas. Los antecedentes de esta serie de míseras aventuras se remontan a hace ya una pila de años, cuando el abuelo, don Arturo, primer actor y director de la compañía, nació en una carreta de cómicos. El desenlace tiene lugar en un asilo -digamos «residencia»- de ancianos, cuando el último descendiente de la estirpe teatral de los galvanos llega a «ninguna parte». A lo largo del viaje, el trabajo se entremezcla con el amor, los problemas económicos con los familiares, el hambre con el triunfo soñado. El personaje central, el protagonista, Carlos Galván, es hijo del primer actor y director de la compañía, don Arturo; y es padre de Carlitos, el muchacho que no quiere ser cómico. Y no le faltan razones, pues en los tiempos en que se desarrolla la acción, ya la radio, el fútbol, el cine son enemigos feroces de estos pobres cómicos de los caminos. Carlos Galván acabará refugiándose en un mundo de fantasía que, como dicen los que entienden de esas cosas, también es realidad.
